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.Las cabezas
heladas por la luna que pintó Zurbarán, el amarillo manteca
con el amarillo relámpago del Greco, el relato del padre Sigüenza,
la obra íntegra de Goya, el ábside de la iglesia de El Escorial,
toda la escultura policromada, la cripta de la casa ducal de Osuna, la
Muerte con la guitarra de la capilla de los Benavente en Medina de Rioseco,
equivalen en lo culto a las romerías de San Andrés de Teixido,
donde los muertos llevan sitio en la procesión, a los cantos de
difuntos que cantan las mujeres de Asturias con faroles llenos de llamas
en la noche de noviembre, al canto y danza de la Sibila en las catedrales
de Mallorca y Toledo, al oscuro In Record tortosino y a los innumerables
ritos del Viernes Santo, que con la cultísima fiesta de los toros
forman el triunfo popular de la muerte española. En el mundo, solamente
México puede cogerse de la mano con mi país.
Cuando la musa ve llegar a la muerte
cierra la puerta o levanta un plinto o pasea una urna y escribe un epitafio
con mano de cera, pero en seguida vuelve a regar su laurel con un silencio
que vacila entre dos brisas. Bajo el arco truncado de la oda, ella junta
con sentido fúnebre las flores exactas que pintaron los italianos
del XV y llama al seguro gallo de Lucrecio para que espante sombras imprevistas.
Cuando ve llegar a la muerte, el ángel
vuela en círculos lentos y teje con lágrimas de hielo y narcisos
la elegía que hemos visto temblar en las manos de Keats, y en las
de Villasandino, y en las de Herrera, y en las de Bécquer y en las
de Juan Ramón Jiménez. Pero ¡qué terror el del
ángel si siente una araña, por diminuta que sea, sobre su
tierno pie rosado!
En cambio, el duende no llega si no ve
posibilidad de muerte, si no sabe que ha de rondar su casa, si no tiene
seguridad de que ha de mecer esas ramas que todos llevamos y que no tienen,
que no tendrán consuelo.
Con idea, con sonido o con gesto, el
duende gusta de los bordes del pozo en franca lucha con el creador. Angel
y musa se escapan con violín o compás, y el duende hiere,
y en la curación de esta herida, que no se cierra nunca, está
lo insólito, lo inventado de la obra de un hombre.
La virtud mágica del poema consiste
en estar siempre enduendado para bautizar con agua oscura a todos los que
lo miran, porque con duende es más fácil amar, comprender,
y es seguro ser amado, ser comprendido, y esta lucha por la expresión
y por la comunicación de la expresión adquiere a veces, en
poesía, caracteres mortales.
Recordad el caso de la flamenquísima
y enduendada Santa Teresa, flamenca no por atar un toro furioso y darle
tres pases magníficos, que lo hizo; ni por presumir de guapa delante
de fray Juan de la Miseria ni por darle una bofetada al Nuncio de Su Santidad,
sino por ser una de las pocas criaturas cuyo duende (no cuyo ángel,
porque el ángel no ataca nunca) la traspasa con un dardo, queriendo
matarla por haberle quitado su último secreto, el puente sutil que
une los cinco sentidos con ese centro en carne viva, en nube viva, en mar
viva, del Amor libertado del Tiempo.
Valentísima vencedora del duende,
y caso contrario al de Felipe de Austria, que, ansiando buscar musa y ángel
en la teología, se vio aprisionado por el duende de los ardores
fríos en esa obra de El Escorial, donde la geometría limita
con el sueño y donde el duende se pone careta de musa para eterno
castigo del gran rey.
Hemos dicho que el duende ama el borde
de la herida y se acerca a los sitios donde las formas se funden en un
anhelo superior a sus expresiones visibles.
En España (como en los pueblos
de Oriente, donde la danza es expresión religiosa) tiene el duende
un campo sin límites sobre los cuerpos de las bailarinas de Cádiz,
elogiadas por Marcial, sobre los pechos de los que cantan, elogiados por
Juvenal, y en toda la liturgia de los toros, auténtico drama religioso
donde, de la misma manera que en la misa, se adora y se sacrifica a un
Dios.
Parece como si todo el duende del mundo
clásico se agolpara en esta fiesta perfecta, exponente de la cultura
y de la gran sensibilidad de un pueblo que descubre en el hombre sus mejores
iras, sus mejores bilis y su mejor llanto. Ni en el baile español
ni en los toros se divierte nadie; el duende se encarga de hacer sufrir
por medio del drama, sobre formas vivas, y prepara las escaleras para una
evasión de la realidad que circunda.
El duende opera sobre el cuerpo de la
bailarina como el aire sobre la arena. Convierte con mágico poder
una muchacha en paralítica de la luna, o llena de rubores adolescentes
a un viejo roto que pide limosna por las tiendas de vino, da con una cabellera
olor de puerto nocturno, y en todo momento opera sobre los brazos en expresiones
que son madres de la danza de todos los tiempos.
Pero imposible repetirse nunca, esto
es muy interesante de subrayar. El duende no se repite, como no se repiten
las formas del mar en la borrasca.
En los toros adquiere sus acentos más
impresionantes, porque tiene que luchar, por un lado, con la muerte, que
puede destruirlo, y por otro lado, con la geometría, con la medida,
base fundamental de la fiesta.
El toro tiene su órbita; el torero,
la suya, y entre órbita y órbita un punto de peligro donde
está el vértice del terrible juego.
Se puede tener musa con la muleta y ángel
con las banderillas y pasar por buen torero, pero en la faena de capa,
con el toro limpio todavía de heridas, y en el momento de matar,
se necesita la ayuda del duende para dar en el clavo de la verdad artística.
El torero que asusta al público
en la plaza con su temeridad no torea, sino que está en ese plano
ridículo, al alcance de cualquier hombre, de jugarse la vida;
en cambio, el torero mordido por el duende da una lección de música
pitagórica y hace olvidar que tira constantemente el corazón
sobre los cuernos.
Lagartijo con su duende romano, Joselito
con su duende judío, Belmonte con su duende barroco y Cagancho con
su duende gitano, enseñan, desde el crepúsculo del anillo,
a poetas, pintores y músicos, cuatro grandes caminos de la tradición
española.
España es el único país
donde la muerte es el espectáculo nacional, donde la muerte toca
largos clarines a la llegada de las primaveras, y su arte está
siempre regido por un duende agudo que le ha dado su diferencia y su calidad
de invención.
El duende que llena de sangre, por vez
primera en la escultura, las mejillas de los santos del maestro Mateo de
Compostela, es el mismo que hace gemir a San Juan de la Cruz o quema ninfas
desnudas por los sonetos religiosos de Lope.
El duende que levanta la torre de Sahagún
o trabaja calientes ladrillos en Calatayud o Teruel es el mismo que rompe
las nubes del Greco y echa a rodar a puntapiés alguaciles de Quevedo
y quimeras de Goya.
Cuando llueve saca a Velázquez
enduendado, en secreto, detrás de sus grises monárquicos;
cuando nieva hace salir a Herrera desnudo para demostrar que el frío
no mata; cuando arde, mete en sus llamas a Berruguete y le hace inventar
un nuevo espacio para la escultura.
La musa de Góngora y el ángel
de Garcilaso han de soltar la guirnalda de laurel cuando pasa el duende
de San Juan de la Cruz, cuando
el
ciervo vulnerado
por el otero
asoma
La musa de Gonzalo de Berceo y el ángel
del Arcipreste de Hita se han de apartar para dejar paso a Jorge Manrique
cuando llega herido de muerte a las puertas del castillo de Belmonte. La
musa de Gregorio Hernández y el ángel de José de Mora
han de alejarse para que cruce el duende que llora lágrimas de sangre
de Mena y el duende con cabeza de toro asirio de Martínez Montañés;
como la melancólica musa de Cataluña y el ángel mojado
de Galicia han de mirar, con amoroso asombro, al duende de Castilla, tan
lejos del pan caliente y de la dulcísima vaca que pasta con normas
de cielo barrido y tierra seca.
Duende de Quevedo y duende de Cervantes,
con verdes anémonas de fósforo el uno, y flores de yeso de
Ruidera el otro, coronan el retablo del duende de España.
Cada arte tiene, como es natural, un
duende de modo y forma distinta, pero todos unen raíces en un punto
de donde manan los sonidos negros de Manuel Torre, materia última
y fondo común incontrolable y estremecido de leño, son, tela
y vocablo.
Sonidos negros detrás de los cuales
están ya en tierna intimidad los volcanes, las hormigas, los céfiros
y la gran noche apretándose la cintura con la Vía láctea.
Señoras y señores: He levantado
tres arcos y con mano torpe he puesto en ellos a la musa, al ángel
y al duende.
La musa permanece quieta; puede tener
la túnica de pequeños pliegues o los ojos de vaca que miran
en Pompeya a la narizota de cuatro caras con que su gran amigo Picasso
la ha pintado. El ángel puede agitar cabellos de Antonello de Mesina,
túnica de Lippi y violín de Massolino o de Rousseau.
El duende... ¿Dónde está
el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con
insistencias sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes
y acentos ignorados; un aire con olor de saliva de niño, de hierba
machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas
recién creadas.