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JUEGO Y TEORIA
DEL DUENDE
(1933)
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SEÑORAS Y SEÑORES:
Desde el año 1918, que ingresé
en la Residencia de Estudiantes de Madrid, hasta 1928, en que la abandoné,
terminados mis estudios de Filosofía y Letras, he oído en
aquel refinado salón, donde acudía para corregir su frivolidad
de playa francesa la vieja aristocracia española, cerca de mil conferencias.
Con gana de aire y de sol, me he aburrido
tanto, que al salir me he sentido cubierto por una leve ceniza casi a punto
de convertirse en pimienta de irritación.
No. Yo no quisiera que entrara en la
sala ese terrible moscardón del aburrimiento que ensarta todas las
cabezas por un hilo tenue de sueño y pone en los ojos de los oyentes
unos grupos diminutos de puntas de alfiler.
De modo sencillo, con el registro que
en mi voz poética no tiene luces de madera, ni recodos de cicuta,
ni ovejas que de pronto son cuchillos de ironía, voy a ver si puedo
daros una sencilla lección sobre el espíritu oculto de la
dolorida España.
El que está en la piel de toro
extendida entre los Júcar, Guadalfeo, Sil o Pisuerga (no quiero
citar a los caudales junto a las ondas color melena de león que
agita el Plata), oye decir con media frecuencia: "Esto tiene mucho duende."
Manuel Torre, gran artista del pueblo andaluz, decía a uno que cantaba:
"Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás
nunca, porque tú no tienes duende."
En toda Andalucía, roca de Jaén
o caracola de Cádiz, la gente habla constantemente del duende y
lo descubre en cuanto sale con instinto eficaz. El maravilloso cantaor
El
Lebrijano, creador de la Debla, decía: "Los días que
yo canto con duende no hay quien pueda conmigo"; la vieja bailarina gitana
La
Malena exclamó un día oyendo tocar a Brailowsky un fragmento
de Bach: "¡Olé! ¡Eso tiene duende!", y estuvo aburrida
con Gluck y con Brahms y con Darius Milhaud. Y Manuel Torre, el hombre
de mayor cultura en la sangre que he conocido, dijo, escuchando al propio
Falla su Nocturno del Generalife, esta espléndida frase:
"Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende." Y no hay verdad más
grande.
Estos sonidos negros son el misterio,
las raíces que se clavan en el limo que todos conocemos, que todos
ignoramos, pero de donde nos llega lo que es sustancial en el arte. Sonidos
negros dijo el hombre popular de España y coincidió con Goethe,
que hace la definición del duende al hablar de Paganini, diciendo:
"Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo
explica."
Así, pues, el duende es un poder
y no un obrar, es un luchar y no un pensar. Yo he oído decir a un
viejo maestro guitarrista: "El duende no está en la garganta; el
duende sube por dentro desde la planta de los pies." Es decir, no es cuestión
de facultad, sino de verdadero estilo vivo; es decir, de sangre; es decir,
de viejísima cultura, de creación en acto.
Este "poder misterioso que todos sienten
y que ningún filósofo explica" es, en suma, el espíritu
de la tierra, el mismo duende que abrasó el corazón de Nietzsche,
que lo buscaba en sus formas exteriores sobre el puente Rialto o en la
música de Bizet, sin encontrarlo y sin saber que el duende que él
perseguía había saltado de los misteriosos griegos a las
bailarinas de Cádiz o al dionisíaco grito degollado de la
siguiriya de Silverio.
Así, pues, no quiero que nadie
confunda el duende con el demonio teológico de la duda, al que Lutero,
con un sentimiento báquico, le arrojó un frasco de tinta
en Nuremberg, ni con el diablo católico, destructor y poco inteligente,
que se disfraza de perra para entrar en los conventos, ni con el mono parlante
que lleva el Malgesí de Cervantes, en la comedia [La casa]
de
los celos y selvas de Ardenia.
No. El duende de que hablo, oscuro y
estremecido, es descendiente de aquel alegrísimo demonio de Sócrates,
mármol y sal que lo arañó indignado el día
en que tomó la cicuta, y del otro melancólico demonillo de
Descartes, pequeño como almendra verde, que, harto de círculos
y líneas, salió por los canales para oír cantar a
los marineros borrachos.
Todo hombre, todo artista llámese
Nietzsche o Cézanne, cada escala que sube en la torre de su perfección
es a costa de la lucha que sostiene con su duende, no con un ángel,
como se ha dicho, ni con su musa. Es preciso hacer esa distinción,
fundamental para la raíz de la obra.
El ángel guía y regala
como San Rafael, defiende y evita como San Miguel, y previene como San
Gabriel.
El ángel deslumbra, pero vuela
sobre la cabeza del hombre, está por encima, derrama su gracia,
y el hombre, sin ningún esfuerzo, realiza su obra o su simpatía
o su danza. El ángel del camino de Damasco y el que entra por las
rendijas del balconcillo de Asís, o el que sigue los pasos de Enrique
Susón, ordenan y no hay modo de oponerse a sus luces, porque
agitan sus alas de acero en el ambiente del predestinado.
La musa dicta, y, en algunas ocasiones,
sopla. Puede relativamente poco, porque ya está lejana y tan cansada
(yo la he visto dos veces), que tuvieron que ponerle medio corazón
de mármol. Los poetas de musa oyen voces y no saben dónde,
pero son de la musa que los alienta y a veces se los merienda. Como en
el caso de Apollinaire, gran poeta destruido por la horrible musa con que
lo pintó el divino angélico Rousseau. La musa despierta la
inteligencia, trae paisajes de columnas y falso sabor de laureles, y la
inteligencia es muchas veces la enemiga de la poesía, porque limita
demasiado, porque eleva al poeta en un trono de agudas aristas y le hace
olvidar que de pronto se lo pueden comer las hormigas o le puede caer en
la cabeza una gran langosta de arsénico, contra la cual no pueden
las musas que viven en los monóculos o en la rosa de tibia laca
del pequeño salón.
Angel y musa vienen de fuera; el ángel
da luces y la musa da formas (Hesíodo aprendió de ella).
Pan de oro o pliegue de túnica, el poeta recibe normas en su bosquecillo
de laureles. En cambio, al duende hay que despertarlo en las últimas
habitaciones de la sangre. Y rechazar al ángel, y dar un puntapié
a la musa, y perder el miedo a la fragancia de violetas que exhala la poesía
del siglo XVIII, y al gran telescopio en cuyos cristales se duerme la musa
enferma de límites.
La verdadera lucha es con el duende.
Se saben los caminos para buscar a Dios,
desde el modo bárbaro del eremita al modo sutil del místico.
Con una torre como Santa Teresa, o con tres caminos como San Juan de la
Cruz. Y aunque tengamos que clamar con voz de Isaías: "Verdaderamente
tú eres Dios escondido", al fin y al cabo Dios manda al que lo busca
sus primeras espinas de fuego.
Para buscar al duende no hay mapa ni
ejercicio. Solo se sabe que quema la sangre como un trópico de vidrios,
que agota, que rechaza toda la dulce geometría aprendida, que rompe
los estilos, que se apoya en el dolor humano que no tiene consuelo, que
hace que Goya, maestro en los grises, en los platas y en los rosas de la
mejor pintura inglesa, pinte con las rodillas y los puños con horribles
negros de betún; o que desnuda a Mosén Cinto Verdaguer
en el frío de los Pirineos, o lleva a Jorge Manrique a esperar a
la muerte en el páramo de Ocaña, o viste con un traje verde
de saltimbanqui el cuerpo delicado de Rimbaud, o pone ojos de pez muerto
al conde Lautréamont en la madrugada del boulevard.
Los grandes artistas del sur de España,
gitanos o flamencos, ya canten, ya bailen, ya toquen, saben que no es posible
ninguna emoción sin la llegada del duende. Ellos engañan
a la gente y pueden dar sensación de duende sin haberlo, como os
engañan todos los días autores o pintores o modistas literarios
sin duende; pero basta fijarse un poco, y no dejarse llevar por la indiferencia,
para descubrir la trampa y hacerles huir con su burdo artificio.
Una vez, la "cantaora" andaluza Pastora
Pavón, La Niña de los Peines, sombrío genio
hispánico, equivalente en capacidad de fantasía a Goya o
a Rafael el Gallo, cantaba en una tabernilla de Cádiz. Jugaba
con su voz de sombra, con su voz de estaño fundido, con su voz cubierta
de musgo, y se la enredaba en cabellera o la mojaba en manzanilla o la
perdía por unos jarales oscuros y lejanísimos. Pero nada;
era inútil. Los oyentes permanecían callados.
Allí estaba Ignacio Espeleta,
hermoso como una tortuga romana, a quien preguntaron una vez: "¿Cómo
no trabajas?"; y él, con una sonrisa digna de Argantonio, respondió:
"¿Cómo voy a trabajar, si soy de Cádiz?"
Allí estaba Elvira, la caliente
aristócrata, ramera de Sevilla, descendiente directa de Soledad
Vargas, que en el treinta no se quiso casar con un Rothschild porque no
la igualaba en sangre. Allí estaban los Floridas, que la gente cree
carniceros, pero que en realidad son sacerdotes milenarios que siguen sacrificando
toros a Gerión, y en un ángulo, el imponente ganadero don
Pablo Murube, con aire de máscara cretense. Pastora Pavón
terminó de cantar en medio del silencio. Solo, y con sarcasmo, un
hombre pequeñito, de esos hombrines bailarines que salen, de pronto,
de las botellas de aguardiente, dijo con voz muy baja: "¡Viva París!",
como diciendo: "Aquí no nos importan las facultades, ni la técnica,
ni la maestría. Nos importa otra cosa."
Entonces La Niña de los Peines
se levantó como una loca, tronchada igual que una llorona medieval,
y se bebió de un trago un gran vaso de cazalla como fuego, y se
sentó a cantar sin voz, sin aliento, sin matices, con la garganta
abrasada, pero... con duende. Había logrado matar todo el andamiaje
de la canción para dejar paso a un duende furioso y abrasador, amigo
de los vientos cargados de arena, que hacía que los oyentes se rasgaran
los trajes casi con el mismo ritmo con que se los rompen los negros antillanos
del rito lucumí, apelotonados ante la imagen de Santa Bárbara.
La Niña de los Peines tuvo
que desgarrar su voz porque sabía que la estaba oyendo gente exquisita
que no pedía formas, sino tuétano de formas, música
pura con el cuerpo sucinto para poderse mantener en el aire. Se tuvo que
empobrecer de facultades y de seguridades; es decir, tuvo que alejar a
su musa y quedarse desamparada, que su duende viniera y se dignara luchar
a brazo partido. ¡Y cómo cantó! Su voz ya no jugaba,
su voz era un chorro de sangre digna para su dolor y su sinceridad, y se
abría como una mano de diez dedos por los pies clavados, pero llenos
de borrasca, de un Cristo de Juan de Juni.
La llegada del duende presupone siempre
un cambio radical en todas las formas. Sobre planos viejos, da sensaciones
de frescura totalmente inéditas, con una calidad de rosa recién
creada, de milagro, que llega a producir un entusiasmo casi religioso.
En toda la música árabe,
danza, canción o elegía, la llegada del duende es saludada
con enérgicos "¡Alá, Alá!", "¡Dios, Dios!",
tan cerca del "¡Olé!" de los toros, que quién sabe
si será lo mismo; y en todos los cantos del sur de España
la aparición del duende es seguida por sinceros gritos de "¡Viva
Dios!", profundo, humano, tierno grito de una comunicación con Dios
por medio de los cinco sentidos, gracias al duende que agita la voz y el
cuerpo de la bailarina; evasión real y poética de este mundo,
tan pura como la conseguida por el rarísimo poeta del XVII Pedro
Soto de Rojas a través de siete jardines, o la de Juan Clímaco
por una temblorosa escala de llanto.
Naturalmente, cuando esa evasión
está lograda, todos sienten sus efectos: el iniciado, viendo cómo
el estilo vence a una materia pobre, y el ignorante, en el no sé
qué de una auténtica emoción. Hace años, en
un concurso de baile de Jerez de la Frontera, se llevó el premio
una vieja de ochenta años contra hermosas mujeres y muchachos con
la cintura de agua, por el solo hecho de levantar los brazos, erguir la
cabeza y dar un golpe con el pie sobre el tabladillo; pero en la reunión
de musas y de ángeles que había allí, belleza de forma
y belleza de sonrisa, tenía que ganar y ganó aquel duende
moribundo que arrastraba por el suelo sus alas de cuchillos oxidados.
Todas las artes son capaces de duende,
pero donde encuentra más campo, como es natural, es en la música,
en la danza y en la poesía hablada, ya que estas necesitan un cuerpo
vivo que interprete, porque son formas que nacen y mueren de modo perpetuo
y alzan sus contornos sobre un presente exacto.
Muchas veces el duende del músico
pasa al duende del intérprete, y otras veces, cuando el músico
o el poeta no son tales; el duende del intérprete, y esto es interesante,
crea una nueva maravilla que tiene en la apariencia, nada más, la
forma primitiva. Tal el caso de la enduendada Eleonora Duse, que buscaba
obras fracasadas para hacerlas triunfar, gracias a lo que ella inventaba,
o el caso de Paganini, explicado por Goethe, que hacía oír
melodías profundas de verdaderas vulgaridades, o el caso de una
deliciosa muchacha del Puerto de Santa María, a quien yo le vi cantar
y bailar el horroroso cuplé italiano O Mari!, con unos ritmos, unos
silencios y una intención que hacían de la pacotilla italiana
una dura serpiente de oro levantado. Lo que pasaba era que, efectivamente,
encontraban alguna cosa nueva que nada tenía que ver con lo anterior,
que ponían sangre viva y ciencia sobre cuerpos vacíos de
expresión.
Todas las artes, y aun los países,
tienen capacidad de duende, de ángel y de musa; y así como
Alemania tiene, con excepciones, musa, y la Italia tiene permanentemente
ángel, España está en todos tiempos movida por el
duende. Como país de música y danza milenaria, donde el duende
exprime limones de madrugada y como país de muerte. Como país
abierto a la muerte.
En todos los países la muerte
es un fin. Llega y se corren las cortinas. En España, no. En España
se levantan. Muchas gentes viven allí entre muros hasta el día
en que mueren y los sacan al sol. Un muerto en España está
más vivo como muerto que en ningún sitio del mundo: hiere
su perfil como el filo de una navaja barbera. El chiste sobre la muerte
o su contemplación silenciosa son familiares a los españoles.
Desde El sueño de las calaveras, de Quevedo, hasta el Obispo
podrido, de Valdés Leal, y desde la Marbella del siglo XVII,
muerta de parto en mitad del camino, que dice:
La
sangre de mis entrañas
cubriendo
el caballo está.
Las patas
de tu caballo
echan fuego
de alquitrán...
al reciente mozo de Salamanca, muerto por
el toro, que clama:
Amigos,
que yo me muero;
amigos,
yo estoy muy malo.
Tres pañuelos
tengo dentro
y este que
meto son cuatro...
hay una barandilla de flores de salitre,
donde se asoma un pueblo de contempladores de la muerte, con versículos
de Jeremías por el lado más áspero, o con ciprés
fragante por el lado más lírico; pero un país donde
lo más importante de todo tiene un último valor metálico
de muerte.
La casulla y la rueda del carro, y la
navaja y las barbas pinchosas de los pastores, y la luna pelada, y la mosca,
y las alacenas húmedas, y los derribos, y los santos cubiertos de
encaje, y la cal, y la línea hiriente de aleros y miradores tienen
en España diminutas hierbas de muerte, alusiones y voces perceptibles
para un espíritu alerta, que nos llenan la memoria con el aire yerto
de nuestro propio tránsito. No es casualidad todo el arte español
ligado con nuestra tierra, llena de cardos y piedras definitivas, no es
un ejemplo aislado la lamentación de Pleberio o las danzas del maestro
Josef María de Valdivielso, no es un azar al que de toda la balada
europea se destaque esta armada española:
-Si
tú eres mi linda amiga.
¿cómo
no me miras, di?
-Ojos con
que te miraba
a la sombra
se los di.
-Si tú
eres mi linda amiga,
¿cómo
no me besas, di?
-Labios
con que te besaba
a la tierra
se los di.
-Si tú
eres mi linda amiga,
¿cómo
no me abrazas, di?
-Brazos
con que te abrazaba,
de gusanos
los cubrí.
Ni es extraño que en los albores
de nuestra lírica suene esta canción:
Dentro
del vergel
moriré,
dentro del
rosal
matar me
han.
Yo me iba,
mi madre,
las rosas
coger,
hallara
la muerte
dentro del
vergel.
Yo me iba,
madre,
las rosas
cortar,
hallara
la muerte
dentro del
rosal.
Dentro del
vergel
moriré,
dentro del
rosal
matar me
han.