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Aquellos ojos míos de mil novecientos
diez
no vieron enterrar a los muertos,
ni la feria de ceniza del que llora
por la madrugada,
ni el corazón que tiembla arrinconado
como un caballito de mar.
Aquellos ojos míos de mil novecientos
diez
vieron la blanca pared donde orinaban
las niñas,
el hocico del toro, la seta venenosa
y una luna incomprensible que iluminaba
por los rincones
los pedazos de limón seco bajo
el negro duro de las botellas.
Aquellos ojos míos en el cuello
de la jaca,
en el seno traspasado de Santa Rosa
dormida,
en los tejados del amor,con gemidos
y frescas manos,
en un jardín donde los gatos
se comían a las ranas.
Desván donde el polvo viejo congrega
estatuas y musgos,
cajas que guardan silencio de cangrejos
devorados
en el sitio donde el sueño tropezaba
con su realidad.
Allí mis pequeños ojos.
No preguntarme nada. He visto que las
cosas
cuando buscan su curso encuentran su
vacío.
Hay un dolor de huecos por el aire sin
gente
y en mis ojos criaturas vestidas ¡sin
desnudo!
Nueva York, agosto 1929